Fragmento de novela
MUJER CON ROSA EN EL PUBIS
Cuando regresé a la casa de mi tío, todo conservaba su orden en la habitación que había ocupado desde la niñez, incluido el hueco en la pared, el cual se mantenía intacto bajo la foto del Che Guevara que siempre usé para camuflarlo. Alguna vez, no mucho tiempo más tarde, habría de enterarme de que en realidad nunca fue necesario el camuflaje, pues el coronel Durán López y, según él, también mi madre, tenían pleno conocimiento de la existencia del hueco en la pared, desde el primer día en que lo abrí. En lo que respecta a mi madre, no he llegado a creerlo del todo, tal vez porque nunca me lo he permitido a mí mismo. Pero teniendo en cuenta el malsano dominio que sobre ella ejercía el coronel, la verdad es que no dispongo de argumentos para dudarlo. Tampoco los tuve para dudar de la sucia sinceridad de mi tío cuando, en la misma ocasión, me reveló que ambos conocían desde el principio que yo iba detrás de ellos al cine, a fisgonear sus obscenos trances entre penumbras. Aún más, llegó a decirme que ambos sabían que me masturbaba mirándolos, y que ello satisfizo siempre a mi madre, hasta el punto de provocarle una particular excitación.
En fin, retomando
el tema de mi vuelta a casa, o a la casa de mi tío el coronel, fue entonces
cuando tuve ocasión de conocer a María digamos de cerca, por lo cual debe
entenderse que pude sostener con ella cinco o seis breves diálogos, siempre a
primeras horas de la mañana, que es cuando único salía del cuarto de mi tío
para ir a la cocina a prepararle el desayuno mientras él se quedaba
remoloneando en la cama. La primera vez coincidimos por casualidad en la
cocina, pero las veces restantes yo propicié el encuentro. A pesar de su muy
perturbador parecido físico con Tina, alias Aurora -y por extensión con mi
madre-, María no era propiamente una mujer sino un hombre, o más bien un varón
que no debía sobrepasar la edad de 18 años, aunque representaba ser menor, algo
que me pareció improbable, por la lógica de los acontecimientos que lo trajeron
a mi casa. En rigor, creo que de no haber podido espiar las intimidades de mi tío
mediante aquel hueco en la pared, quizá no me hubiese enterado nunca de que era
varón. De la puerta del cuarto del coronel hacia afuera, María anduvo siempre
en nuestra casa vestido de mujer, llevando una peluca negra que imitaba con
meticulosa exquisitez la cabellera de Aurora, alias Tina y la de mi madre.
Tampoco supe, antes de que pasara algún tiempo, que su nombre de mujer era otra
secuela de la enfermiza obsesión de mi tío por Tina Modotti, quien se hizo
llamar María cuando era combatiente del Quinto Regimiento de las brigadas
internacionales que participaron en la guerra republicana española. En
realidad, el nombre de varón de María (la falsa María de mi tío) era Víctor, o
al menos eso fue lo que me dijo un día en el que al fin logré obtener algunas revelaciones
sobre su vida. En aquel momento se encontraba preso, cumpliendo una condena de
seis años, por haber desertado del servicio militar obligatorio. Para su
calamidad, el reclusorio donde fue a parar estaba bajo el mando de otro
corrupto coronel, precisamente amigo y viejo compinche de mi tío, razón por la
que éste realizaba periódicas visitas al lugar, sobre todo en busca de algún
que otro preso, de los más tranquilos, para que les sirvieran de criados
domésticos o de peones cada vez que necesitaba ejecutar trabajos rústicos en la
casa. Esta práctica ciertamente no me era ajena, pues casi desde que tuve uso
de razón vi a jovencitos efectuando trabajos gratuitos para mi tío, incluso a
veces venían vestidos con el uniforme verde olivo que los identificaba como
reclutas. Conocía, además, a otros amigotes suyos, también altos oficiales, que
hacían lo mismo. Lo que no me pasó por la mente antes de aquella conversación
con María es que también el reclusorio estuviera siendo utilizado (al menos por
mi tío) como proveedor de esclavos sexuales.
Porque nada menos
que un esclavo era aquel infortunado muchacho, que, de acuerdo con lo que me
contó, había vivido su niñez y primera adolescencia de forma más o menos
normal, en algún pueblucho de provincias, hasta que un día, de pronto, se vio
reducido a simple número dentro de una alineación de números, primero, como
alistado en el servicio militar obligatorio, y luego como preso.
Mi tío el coronel
le había prometido, es decir le había hecho creer a María que si se portaba
bien, satisfaciendo sin reparos todos sus requerimientos, iba a conseguir que
le anularan la condena, y luego lo dejaría marchar libremente de regreso al
terruño, donde quizá hasta le gestionase un buen empleo para que reconstruyera
su vida. Sin demasiado entusiasmo, pero sin reticencia, María me dijo que
confiaba en el cumplimiento de la promesa -tampoco le hubiese quedado otra
opción-, y era el motivo por el que parecía ejercer a gusto su rol de esclava.
La verdad es que yo no tuve la urbanidad de intentar disiparle aquella pálida
quimera, haciéndole ver que su única disyuntiva de salvación estaba en escapar
a tiempo de nuestra casa y de La Habana, lo más lejos posible, mientras más
lejos mejor, a cualquier oscuro rincón del interior de la Isla, o a Miami, tal
como oportunamente había hecho mi hermana Ángela, o por lo menos así lo creía
yo en aquella época. Supongo que no alerté a María por temor a Durán López, o
porque en el fondo guardaba alguna roñosa reserva contra ella, ya que me era
imposible no vincular su irrupción en casa con la desaparición de mi madre. Sin
embargo, tampoco podía sustraerme a su influjo aturdidor. Si no como mero ideal
erótico (aunque no estoy seguro), al menos sí como misterio, como propulsión
para la continuidad de una historia que me aterraba al mismo tiempo que me
imponía una insana dependencia, María me sedujo desde el primer golpe de vista.
Ahora pienso, como añadido, que fue porque nunca antes yo había disfrutado de
una oportunidad para contemplar desde tan cerca la belleza femenina tan
inocente y auténticamente representada por un varón.
Por más que se
asemejara a mi madre y a Tina, alias Aurora, María me pareció mucho más
deslumbrante que estas otras. Pudo haber sido porque a Tina, alias Aurora nunca
llegué a verla sino a través de viejas fotografías, y en el caso de mi madre,
es posible que nunca la haya mirado desde la misma perspectiva que miré a
María. Pero la verdad es que el hechizo que me ocasionó su belleza, lo que
experimenté ante la cristalina serenidad de su rostro (al cual, por cierto,
jamás afloraba el menor asomo de sufrimiento o aun de tristeza), sembró en mí
el germen de sensaciones completamente ignoradas e insospechadas hasta
entonces. Quizá no exagere si afirmo que durante el tiempo que convivimos bajo
el mismo techo (pudo haber sido un año, o algo más o algo menos), me acosté
cada noche con la expectativa, por no decir con la ilusión de levantarme bien
temprano para vigilar el momento en que salía de su cuarto rumbo a la cocina. Y
creo haber experimentado una suerte de extraño regocijo cada vez que conseguí
convencerla para que superase su miedo al coronel y se dispusiera a dedicarme
unos pocos minutos de conversación. Estoy seguro, por demás, de que la
atracción era recíproca, aunque sus motivaciones y las mías pudieron ser más
bien dispares. Una mañana el coronel nos sorprendió charlando animadamente y,
luego de ordenarle a María que volviese a su cuarto, me preguntó sin rodeos si
estaba interesado en acostarme con ella. Como yo no respondía, a pesar de que
repitió varias veces la pregunta, se lanzó a decirme que si lo deseaba, podía
acostarme con María en aquel mismo instante. Su única condición era que lo
dejara rascabucharnos mediante el hueco por el que yo mismo lo observaba a él
sin que nunca le hubiera pedido permiso. Fue así como me hizo saber que conocía
la existencia del hueco (postergando la recreación de los detalles para otra
oportunidad), con el astuto propósito de frenar a priori una posible negativa
de mi parte. Lo curioso -de alguna manera debo calificarlo- es que, aunque
rechacé su propuesta, retirándome rápida y silenciosamente de la casa, y aunque
nunca más volvería a conversar con María, no dejé de fisgonear las intimidades
de ellos dos, puntualmente, en los meses que siguieron. Para mi desgracia,
porque eso me permitió ser la última persona –exceptuando al coronel Durán
López- que vio vivo a Víctor, alias María, alias Aurora, alias Tina, alias mi
madre, cuyo cadáver aparecería a orillas del río Almendares, el 6 de enero de
1989. La noche anterior, entre la fruición y el horror, yo había presenciado
cómo mi tío la vestía con falda negra, blusa blanca, zapatos negros de trabita
con tacón bajo, y una chaqueta negra; y también vi cómo peinaba delicadamente
su peluca negra, haciéndole un moño redondo, cubierto con una peineta roja, en
lo más alto de la cabeza. No presencié, supongo que porque no tuve valor para
esperarlo, el momento en que mi tío extraía a La Rubia de su estuche de
terciopelo y apuntaba despaciosa y deleitosamente a la cabeza de María, que ya
dormiría, sin duda borracha y drogada.
Todavía hoy, al
atisbar aquella escena previa al asesinato de María, mediante el túrbido hueco
de mis rememoraciones, me vuelve a temblar todo por dentro, desde los cordales
hasta el cálculo de la vesícula, pero no por la escena misma, o no únicamente,
sino, sobre todo, por una certidumbre que tuve entonces, y que he podido
reafirmar con el paso del tiempo, particularmente gracias a las charlas que
sostuve con mi tío el coronel durante sus últimos meses de vida. Es la
seguridad de que mientras yo observaba aquella fatídica escena entre el coronel
Durán López y María, no sólo estaba consciente de lo que iba a pasar después.
También sabía que mi tío, por su lado, tenía la seguridad de que yo los observaba.