Fragmento de novela
EL TIGRE NEGRO
El tiempo confiere poesía aun a los campos de batalla, fue lo primero que me dijo Patricia tan pronto nos encontramos, como si se tratase de un mensaje en clave. Y cuando le aclaré que faltaban unos diez años para que Graham Greene publicara Nuestro hombre en La Habana, ni siquiera se dio por enterada. Ah, sí, dejó caer como al descuido, mientras le pedía otra piña colada al camarero de aquel lujoso restaurante del Havana Biltmore Yacht and Country Club.
La reunión había tenido lugar digamos sin mayores contratiempos, dejando a un lado mis torpezas de conspirador advenedizo. Por ejemplo, igual que le ocurriera a míster Greene cuando jugó a ser conspirador en Santiago de Cuba, pasé por alto el detalle de inscribirme con un nombre falso en la carpeta del hospedaje, razón por la que me vería obligado a dar más vueltas que un trompo intentando despistar a un periodista cazador de estrellas que apenas descubrió que me encontraba entre los huéspedes, quiso saber qué andaba buscando en aquel Olimpo de millonarios jugadores de golf y vaciladores de la vida. Hasta que me disfracé de anciano inválido, y así fue como pude llegar al restaurant donde me había citado con mi divina bailarina exótica. Pero entonces sucedió que ella también estaba disfrazada, por razones obvias, ya que se suponía que en ese momento estuviese tras las rejas en el reclusorio de Guanajay o en cualquier otro. Al final, sin ponernos de acuerdo, nos presentamos en el lugar como dos carcamales en sillas de ruedas. Pero afortunadamente no sé de dónde salió un tipo con uniforme de policía secreto (guayabera, gafas oscuras…) y me dijo: fíjese atentamente en aquella viejita que está solicitando una cuarta piña colada, pues quizá sea digna de su atención. Y era ella, Patricia. Por modestia, tendría que ahorrarme los detalles de carácter privado sobre el momento en que al fin tropezamos a solas y sin disfraces en la intimidad del hospedaje. Además, las secuencias se me dislocan un tanto cuando trato de dar forma coherente a lo ocurrido. Desde el mismo minuto en que nos quedamos solos en la habitación (si es que estuvimos solos aunque fuera un minuto, algo que tampoco puedo establecer con certeza), empezaron a pasar cosas raras, de una rareza perturbadora, onírica o qué sé yo. La primera vez que me asaltó la certidumbre de que no estábamos solos fue al reparar en La mujer del cuadro. Frío y sudoroso como la nariz de un perro me quedé al notar el extraordinario parecido físico entre la madama de negro y la mujer cuyo retrato parecía vigilarnos desde un cuadro que habían colgado encima de la cabecera de la cama. Pero minutos más tarde, además de frío, me descubrí tembloroso como una hoja al viento al reparar en que Patricia miraba hacia el cuadro a través del espejo de la cómoda, al mismo tiempo en que yo la veía a ella reflejada por el espejo, sin que me resultase posible distinguir cuál de las dos mujeres estaba físicamente conmigo en la habitación y cuál en el cuadro. Luego, para colmo, me pareció percibir que ambas mujeres se comunicaban entre sí mediante sonrisas y balbuceos y señitas con los ojos. Y cuando traté de interponerme entre las dos para exigir que me aclarasen a qué estaban jugando, fue justo el instante en que aquel rubio con porte de galán de películas entró huracanadamente en la habitación, luego de abrir la puerta con un puntapié que sonó como una centella. Y he aquí que de pronto me veo sitiado: el musculoso galán frente a mí, rabiando de celos y encimándose amenazadoramente, y las dos mujeres por los flancos convocándome a que las salvara y que me salvase a mí mismo. Cuando vine a ver, una de las dos me había puesto en la mano aquella afilada tijera, mientras ambas a la vez me apremiaban con gritos y ruegos. Así que lo hice, maté al galán con un preciso y creo que hasta espectacular tijeretazo, y justo en el instante en que caía a mis pies con la tijera atravesada en el cuello, volví a ponerme frío y tembloroso al reparar en su enorme parecido físico con el de míster Mee, aquel millonario amante de Patricia y esposo de la madama de negro, a quien, por cierto, yo no hubiese podido clavarle la tijera si se tiene presente que ya había sido asesinado antes, de un disparo con su propia pistola. Pero tampoco me sobraba el tiempo como para andar perdiéndolo en detalles secundarios. Tenía que deshacerme del cadáver con la mayor prontitud, no sólo porque me lo ordenaban en coro las dos mujeres, la del cuadro y la del espejo (que en buena matemática serían cuatro), sino porque de no hacerlo, corría el riesgo de caer preso en el año 1948, mientras, en el 2014 Rita aguardaba inocentemente por mi regreso, sin que al menos tuviese la posibilidad de avisarle para que no desperdiciara nuestras menguadas reservas de café colando para dos a la hora del desayuno. En suma, cargué con el galán tijereteado, aunque claro que no podría explicar cómo lo hice, dado el caso de un sólido gringo con más de 6 pies de estatura y con no menos de 250 libras de peso. El asunto es que cuando vine a darme cuenta, ya lo había echado a rodar cuneta abajo entre los matorrales de una carretera solitaria en las afueras de La Habana, en dirección oeste, y en medio de una noche lluviosa, desde luego. Quise regresar de inmediato a la excitante y peligrosa intimidad de aquella habitación en el Havana Biltmore Yacht and Country Club, no sólo para coordinar con las dos mujeres el plan de conducta que debíamos seguir, sino también y sobre todo para terminar lo empezado con las dos, uno de esos privilegios que sólo se dan una vez en la vida, aunque sea en sueños. Sin embargo, aún no se habían agotado las sorpresas de la noche. Pues cuando llegué al hospedaje, el guardián de la entrada me detuvo diciéndome muy recelosamente que lo sentía pero que si yo no era huésped no podía dejarme pasar. Intenté demostrarle que era huésped, pero resulta que mi nombre no aparecía ya en el libro de la carpeta. La habitación que yo aseguraba haber reservado a mi nombre estaba en realidad a nombre de un tal Edward G. Robinson. Supuse que me había equivocado por una pequeña diferencia en el número de la puerta. Pero la habitación del lado estaba inscrita a nombre de un tal Fritz Lang. Mientras la habitación que supuestamente debió ocupar Patricia, aparecía a nombre de una tal Joan Bennet y de otra mujer que sólo se identificó por su nombre de pila, una tal Alice. Desconcertado, pero a la vez consciente de que no debía formar alboroto, pues nada me convendría menos que llamar la atención sobre mi persona, decidí disculparme y dejar la raya. Fue entonces cuando, al llegar al parqueo en busca de mi automóvil, tropecé con aquel letrero. Lo habían escrito con lápiz labial y cubría en toda su extensión el largo cristal del parabrisas: El tiempo confiere poesía aun a los campos de batalla, decía.