Fragmento de novela
LOS CRÍMENES DE AURIKA
El mote de Aurika
vino después, es de los tiempos en que fue a parar a la cárcel para reclutas de
El Pitirre, en las afueras de La Habana. Pero antes todo el mundo le llamaba
simplemente Luis. Y era un muchacho tenue de apenas 16 o 17 años. Uno de esos
tipos tranquilos que no hablan por no ofender, pedazo de carne con ojos criado
debajo de la saya de su madre, que no pueden bañarse bajo el chorro frío porque
les da gripe y que si comen a deshora se van en diarreas. En una palabra, tenía
todas las de perder con El Nazi, a quien nunca le gustaron los soldados
blandengues, según su propia definición. Luis y yo ingresamos en la misma fecha
en el Servicio Militar Obligatorio y estuvimos juntos durante casi un año en el
mismo pelotón. Sin embargo, no nos hicimos amigos. Me caía bien, apreciaba sus
buenos modales, su forma de hablar pausada y sin la indigencia léxica del resto
de la tropa, pero en el fondo siempre preferí mantenerlo a distancia. Por lo demás,
él tampoco se mostró interesado en trabar amistad con ninguno de nosotros. Más
bien nos evitaba. El único momento en que parecía sentirse verdaderamente
cómodo era después de las comidas, cuando se iba a la arboleda de eucaliptos
que estaba detrás de las barracas para pasar allí sus largos ratos a solas,
silencioso, reconcentrado, tendido a la larga en una posición fija, pensando
tal vez en las musarañas, hasta la hora del toque de campana que ordenaba el
cese de actividades para dormir.
Por cierto, aquella
costumbre le ocasionó el primer encontronazo de envergadura con El Nazi. Y digo
de envergadura porque encontronazos y dificultades Luis los tuvo por montones
desde el mismo día de su llegada a la unidad militar. Otra cosa no podía
suceder dado el caso de un soldado que nunca consiguió pararse debidamente en
la posición de firme y que se distraía tanto durante los ejercicios marciales
que la mayoría de las veces no escuchaba las voces de mando, así que era común
verlo seguir adelante cuando ordenaban retaguardia, o verlo quieto y en la
misma posición mientras los demás obedecíamos la voz de media vuelta. Recuerdo
que llegamos a pensar en la posibilidad de limitaciones auditivas no detectadas
o no atendidas en el examen médico previo a su reclutamiento. Pero ese es otro
asunto. Ahora estamos pasando a vuelo de pájaro sobre los mil y un aprietos
menores que debió enfrentar antes de aquel gran encontronazo con El Nazi.
Fue el primero y
sucedió la vez en que un soplón le dijo a El Nazi que algunos de nosotros nos
drogábamos por las noches bebiendo cocimientos de flores de campana con hojas
de eucalipto y polvo de píldoras para los nervios. No creo necesario deshacerme
en explicaciones para argumentar los motivos por los cuales bautizamos como El
Nazi al teniente Salcedo, nuestro jefe de compañía. Apenas puntualizo que era
un energúmeno vestido de perfecto uniforme, siempre limpio, planchado, tieso
como una estaca, obsesionado por el orden y la disciplina, pero de la manera
más enfermiza que se pueda imaginar. Además, era muy cruel. Y aquella vez
reaccionó tal y como se espera que reaccione un individuo con sus
características. De entrada empezó a cobrar los platos rotos por el propio
soplón, quien después de haberse ido de lengua tuvo miedo de nuestras represalias,
y entonces se puso a recular, alegando que no conocía los nombres ni había
visto jamás las caras de los infractores. El Nazi lo envió al Termo. Era una de
sus especialidades: meternos desnudos en pelota dentro de aquel cuchitril de
dos metros por uno, sin ventanas, sin luz, sin cama, sin ventilación ni agua,
donde debías colocar la bandeja de la comida encima del hueco para cagar, y
donde campeaban por su insoportable intensidad el calor en verano y el frío en
invierno, por eso lo de Termo. Y allá fue de cabeza el chivato, mientras se
ultimaban detalles para garantizar que todos los ocupantes de la barraca
maldita estuviéramos presentes en el polígono de ejercicios, donde se nos
obligaría a trotar ininterrumpidamente hasta el alba, a no ser que algún juicioso
entre nosotros se decidiera a dar las señas de los consumidores de tan
asqueroso brebaje. Nadie abrió su boca para delatarnos y al final el propio
Nazi, rendido por el sueño, se encargaría de buscar un pretexto para detener el
castigo, pero en medio de aquellas contingencias estaba que si lo pinchaban
vertía lava sulfúrica en lugar de sangre. Y fue justo cuando el diablo quiso
atravesar en su camino al malaventurado Luis.
Lo encontró
embelesado y solo en medio de la arboleda, que, dada la coyuntura, debió ser
considerada por El Nazi como escenario del crimen. Así que ni siquiera se tomó
la molestia de obligarlo a confesarse culpable. Lo dio por hecho. Y como al
preguntarle el nombre de sus cómplices, Luis no hiciera más que mirarlo
inexpresivamente, como una vaca ante el ordeñador, también lo envió al Termo,
sólo que bajo inculpaciones mucho más comprometedoras que las del soplón, pues
se había convertido en el sospechoso número uno, además de ser un blandengue,
insufrible espécimen para El Nazi.
En resumidas
cuentas, Luis salió de aquel incidente con muchas libras de menos y múltiples
ladillas de más, a la vez que con nuevos motivos para continuar moldeando el
carapacho de su perplejidad. Había permanecido seis días íntegros en el Termo.
Y nunca pudimos entender por qué un tipo tan débil se dispuso a soportar
tamañas penalidades, de las cuales habría podido librarse con sólo mencionar
nuestros nombres, ya que en más de una ocasión nos vio recoger hojas de
eucalipto para preparar los cocimientos. En todo caso El Nazi asumió su
silencio como un desafío. Por eso es que aunque se trataba de su primer gran
encontronazo, no sería el último. Que yo recuerde, después hubo entre ellos por
lo menos otras tres colisiones de gran envergadura.
Cierta noche alguien
despertó a Luis para que cubriera una guardia que no le correspondía. Era una
equivocación, pero como él obedeció sin protestar, en las jornadas siguientes
fue despertado varias veces por noche, ahora con premeditada maldad por parte
de algunos reclutas que habían descubierto un filón para descargar sobre sus
espaldas las obligaciones propias. Se gestaba así un próximo tropiezo con El
Nazi, ya que como era de esperar, cuando se dio cuenta de aquella burla, o
cuando se cansó de soportarla, el muchacho llamó a su jefe inmediato y con toda
la serenidad y las correctas maneras que le eran habituales, le informó que si
no lo relevaba de aquella guardia la abandonaría al instante porque no era suya
y no le correspondía hacerla.
Minutos más tarde
tenía delante a El Nazi en persona:
- Soldado, ¿a
quién, según usted, le corresponde la guardia y por qué no la está cubriendo?
- No lo sé,
teniente
- Usted dice que la
guardia no es suya
- Así es
- ¿Y por qué vino a
cubrirla?
- Me llamaron y vine,
pero no me toca
- ¿Quién lo llamó?
- No sé, estaba
dormido.
- ¿Y vino a cubrir
una guardia sabiendo que no le toca?
- Entonces no lo
sabía
- Caramba, soldado,
usted nunca sabe nada
- No soy yo quien
elabora la lista de guardias, teniente.
- Bien, pues como
no sabe nada de nada, se quedará cubriendo esta guardia hasta nueva orden
- Disculpe,
teniente, pero no es posible. No me toca
- A la guardia he
dicho, o sino al calabazo.
De ese modo Luis
fue al Termo por segunda vez, ahora durante toda una semana. Y una semana
después de haber salido, volvió a ir, mediante su tercer encontronazo con El
Nazi.
Ocurrió un domingo,
día de los enamorados, si la memoria no me falla. Una vez más había ido a
visitarlo El Querubín. Así le llamábamos a su novia, porque era diminuta,
frágil, pálida, con el pelo rubio por la cintura y siempre con un vestido
blanco de lazos, tan largo que barría el piso al caminar. Alguien se había
enterado (y de esa forma lo supimos todos) que vivía frente a la casa de Luis
en el poblado habanero de Bauta, que estaban enamorados desde la escuela
primaria y que planeaban casarse tan pronto él terminara de pasar el Servicio
Militar. No resultaba extraordinario entonces que fuera a verlo cada vez que
había visitas programadas. Pero aquel domingo no era de visitas. La mayor parte
de la tropa había salido con pase de 24 horas y sólo quedó en la unidad un
pequeño grupo de retén dentro del cual estaba Luis. Yo también me encontraba
allí. Además, no sé si por suerte o por desgracia me tocó estar cerca de El
Nazi en el momento en que el muchacho fue a pedirle permiso para ir hasta la
entrada principal a ver a la novia. Recuerdo con exactitud sus palabras, tanto
que me parece estar escuchándolas ahora mismo: Cinco minutos, teniente, se lo
prometo, sólo serán cinco minutos. Y recuerdo también la negativa, que no vino
sino luego de una larga pausa, porque El Nazi estaba revisando unos papeles en
el Cuerpo de Guardia y desplegó toda su santa paciencia antes de responder que
no, que ese no era día de visitas. Pero, teniente, es mi novia y viene desde
lejos con mi madre; cinco minutos, por favor, es lo único que le pido. Era la
primera ocasión en la que veía a Luis pedir algo y pienso que debió desearlo
muy descorazonadamente para que lo pidiera dos veces. Pero fue inútil. Por toda
respuesta recibió un cortante y definitivo retírese soldado.
Nuestra unidad
militar era pequeña, apenas una hectárea de terreno con barracas y otras
instalaciones para unos doscientos reclutas, más la oficialidad. El Cuerpo de
Guardia y el almacén de armamentos estaban situados al centro, en una loma,
razón por la cual era posible dominar desde allí todo el resto del campamento.
Por eso cuando Luis se encaminó aquel domingo hacia la puerta, recibida ya la
segunda negativa, supimos que iba a dedicarle una desoladora mirada de adiós a
El Querubín. Y así lo hizo. Lo que nadie pudo suponer, por insólito, es que
luego de permanecer varios minutos con la cabeza levantada y los ojos colgando
de algún punto impreciso sobre la entrada principal, el muchacho se volvería
hacia El Nazi para espetarle con voz lánguida, aunque clara como el cristal:
usted es un abusador, teniente.
Dicen que a la
tercera va la vencida, y si bien es cierto que hubo un cuarto choque de gran
envergadura entre Luis y El Nazi, nadie dudaría que para el caso el refrán cae
pintado, pues con aquellas palabras, pronunciadas sin rencor y sin otro
objetivo que no fuese el de dar curso a un espontáneo sentimiento de justicia,
el muchacho decidió su destino de una vez y por todas. No es que pretenda
menguar las proporciones del cuarto encontronazo. Pero me baso en hechos. Y los
hechos indican que aquel reproche ocasionó una llaga lacerante en la vanidad de
El Nazi, quien había demostrado ser tan ágil para el contraataque como lerdo
para cualquier tipo de respuesta amable. Así es que el contraataque vino,
fulminante, sonado, como un rayo.
Todavía Luis no
había regresado de su tercera temporada en el Termo, cuando empezó a rodar por
toda la unidad un cierto runrún según el cual su "extraño"
comportamiento se debía a que era religioso; incluso, mencionaban la
posibilidad de que perteneciera a la secta Testigos de Jehová, aunque por algún
oculto motivo, decían, no querría reconocerlo. Tales especulaciones eran
argumentadas también con perspicacias en cuanto al modo poco corriente en que
vestía su novia y, sobre todo, con la afirmación de que el muchacho siempre se
las componía para estar ausente a la hora en que la tropa saludaba militarmente
la bandera nacional. Esto último no sólo me sorprendió, sino que me puso los
pelos de punta. Y no era para menos. Hasta al más guapo se le aflojarían las
piernas con sólo pensar en las consecuencias que implica recibir semejante
acusación dentro de un medio en el que la palabra patria, con sus anexos, ha
pasado de ser sinónimo de estrechez mental e intolerancia para convertirse en
algo si no peor, al menos más enrarecido o más traumático, no sé... una especie
de fetiche saturado de connotaciones patológicas. Por lo demás, nunca había
visto a Luis evadir sus obligaciones en la unidad y no creo que ninguno de los
propagadores de aquella papa caliente le haya observado mejor ni más
detenidamente que yo. Tampoco lograba imaginar cómo podría alguien
arreglárselas para dejar de saludar la bandera día a día, durante todo un año,
sin llamar la atención de la oficialidad. Por eso me dio por pensar que tal vez
algún maligno plan se agazapaba detrás de los rumores. No pude confirmarlo,
pero no por ello la idea dejó de dar vueltas en mi mente. Y aún sigue dándolas.
Sea como fuere, el
asunto es que al salir de su tercer encierro, Luis tenía ya la mesa servida
para un cuarto, el último y definitivo. Tuve la intención de alertarlo, porque
supuse que le montarían vigilancia para atraparlo con las manos fuera del ángulo
en que debían estar a la hora del saludo al más sagrado de los símbolos
patrios. Pero El Nazi no me dio oportunidad. Había conseguido ubicar la presa
al alcance de su puntería y no se mostraba dispuesto a perder un instante en
divagaciones inútiles. Así es que en vez de vigilarlo, lo trajo directamente
desde el Termo hasta el mástil donde ondeaba la bandera. Y ordenó:
- Salúdela
De inicio Luis
pareció no entender. Se puso a mirar una y otra vez hacia donde estábamos
nosotros, situados en pequeños grupos a su alrededor. Quedó abstraído unos
segundos. Y por último, miró a El Nazi, para preguntarle:
- ¿Qué?
- Que salude la
bandera, soldado, es una orden.
Volvió a mirarnos,
examinó nuestros rostros quizás en busca de una señal aclaratoria. Y luego miró
de nuevo a El Nazi:
- ¿Por qué?
- Porque yo se lo
ordeno, soldado. Salúdela
No sé si me
equivoco, pero en aquel momento me dio la impresión de que Luis estuvo a un
hilo de cumplir el absurdo mandato. Sin embargo, sabe Dios por qué, en lugar de
hacerlo, se limitó a repetir:
- ¿Pero por qué?
La pregunta no fue
contestada ni lo será nunca. A no ser que aceptemos como una respuesta natural
la salida de El Nazi, quien sin perder su sangre fría dio la espalda al
muchacho para disponer con estentórea voz de mando: Cabo de la Guardia, detenga
a este soldado y envíelo a juicio sumario por negarse a saludar la bandera
nacional. Fue todo lo que pudimos conocer acerca de los cargos que enfrentó
Luis ante el Tribunal Militar y por los que en definitiva resultaría condenado
a cumplir ocho años de privación de libertad en la cárcel para reclutas de El
Pitirre. Es allí donde iba a convertirse en Aurika por obra y gracia de la
truculencia humana.
Porque
decididamente el muchacho no tuvo suerte con los alias. Primero, El Nazi, que
no paró hasta reducirlo a una de las más miserables condiciones del ser humano,
la de preso y con el estigma de apátrida encima. Luego, El Crema, un salvaje,
un topo sin corazón y sin cerebro, proclamado Mandante en aquel penal, más que
por sus músculos y sus bravuconerías baratas, por la indefensión y la increíble
poquedad de los demás reclusos. A estos dos desalmados deberá Luis los cambios
que muy pronto apreciaríamos en su personalidad.
El Crema era el
sultán de las galeras en el Pitirre. Condenado a veinte años de cárcel, por
homicidio, sus acciones de cada minuto parecían estar programadas para dar
validez a una especie de petulante consigna que llevaba tatuada en el pecho:
Nací para crear dificultades. Todos los penados le temían y le rendían tributo,
aunque a su marrullera forma. Los propios carceleros le trataban a distancia y
con máxima cautela. Aún más, habían optado por darle jerarquía oficial de
Mandante, aplicando así la vieja táctica de mantener al más problemático en el
equipo de los jefes, con lo cual, a la vez que le alimentaban el ego para
neutralizar un tanto sus majaderías, se apoyaban en su ayuda de mano dura para
el mantenimiento general de la disciplina en prisión. Claro que otorgarle al
peor de los reclusos autoridad oficial sobre sus iguales es una práctica que
puede generar consecuencias no siempre afortunadas, pero no creo que a los
carceleros les preocupase el tema, porque en El Pitirre la cuerda también
habría de partirse por su lado más débil. Por ejemplo, El Crema era un bujarrón
de mala entraña. Y no habrá que decir que su condición de Mandante le allanaba
el acceso a la carne fresca que llegaba a galeras, al tiempo que le facilitaba
los medios y procedimientos para socavar la capacidad de resistencia de
aquellos desvalidos que en un principio no estuvieran dispuestos a complacer
sus apetencias sexuales. Con Luis no iba a suceder ni más ni menos que con los
otros. Tan pronto lo vio, quiso convertirlo en su mujer. Y querer era poder
para El Crema.
Me han contado que
el muchacho luchó hasta donde le dieron las fuerzas. Supe que incluso pretendió
hacerse el loco, comiendo de sus propios excrementos en un desesperado intento
por lograr que se lo llevaran lejos de aquel pervertido. Pero nada, ni así.
Dicen que al verlo devorar la pestilente plasta mientras gritaba que no se la
quitaran, que era sólo suya y se la comería entera, uno de los carceleros le
respondió entre risas que cuando terminara lo iba a trasladar a las demás
celdas para que completase tan singular tarea de higienización. Entonces Luis
cedió. No pudo más. Y una vez en el suelo, parece que ya no le importó seguir
en la picada. Hasta el fondo. Ello explica que de mujer particular de El Crema,
deviniera muy pronto mujer de todos sus compinches, y luego cantimplora donde
cualquier penado podía beber a cualquier hora y en cualquier rincón cuanta
mezquina voluptuosidad alineaba dentro de lo normal en El Pitirre. Me han dicho
también que una vez transmutado en mujer pública, Luis asumió una antigua
ocupación de mujer para ganar algún dinero o algún que otro favor de los presos
y aun de sus guardianes. Se hizo lavandero. El Crema lo había entrenado
obligándolo a lavarle gratuitamente los calzoncillos. Así que ya en posesión
del oficio, el muchacho parece haber resuelto sacar del lobo un pelo. Y de ahí
precisamente le surgió el mote de Aurika, que era el nombre de aquellas
lavadoras mecánicas soviéticas que despedazaban la ropa, no recuerdo si antes o
después de lavarla. Aunque Luis... quiero decir Aurika, no la despedazaba. No
más faltara. Lo único que sí llegó a despedazar Aurika en la cárcel de El
Pitirre fue el hígado de El Crema. Y de una sola puñalada.
Quien me contaba
estas cosas, un ex-recluso que después pasó a mi pelotón, dijo que durante
semanas Aurika se dedicó a sacarle doble filo a una cuchara que antes había
aplanado machacándola pacientemente con el tacón de su zapato. Dijo que en los
días previos a la ejecución estuvo más sumiso y maricón que nunca, que le
ofrecía lo menos malo de su almuerzo a El Crema, que le prendía los cigarros,
le sacaba las espinillas, se las agenciaba para conseguirle pan fresco,
píldoras y alcohol, y que hasta solía arrodillarse a sus pies para besarle el
sexo a la vista de todos. Y dice que un buen día, así, arrodillado, le clavó la
cuchara hasta el gollete sin dar tiempo a nada.
Que Aurika no fue
siempre lo que pareció ser es algo de lo que había dado pruebas suficientes
desde que lo nombraban Luis. Por eso no me sorprende demasiado lo que hizo con
El Crema. Sin embargo, otra historia, mucho más desconcertante, por inusual y
desproporcionada, es la que iba a protagonizar más adelante, frente al primer
alias de su desventura, El Nazi. Con eso sí es verdad que nos dejó a todos de
una pieza.
Tal vez aún no
había terminado de pudrirse El Crema en su ataúd de pino barato, cuando en una
mala hora Aurika entró a escondidas en nuestra unidad militar. Nadie se explica
cómo, pero entró. Tampoco sería fácil dejar establecidas las argucias de que se
valió para fugarse del reclusorio, donde le quedaba por cumplir su buen cuarto
de siglo, si descontamos por un lado el año y tanto que llevaba guardado, y
sumamos por el otro lado los veinte años que le agregó el juez por la muerte de
El Crema. La cuestión es que se escapó y vino.
Quiero pensar que
fuese casual el hecho de que también ese día toda la tropa, excepto mi pelotón,
se encontrara fuera del campamento, con pase de 24 horas, y que El Nazi, al
igual que en aquel ya lejano domingo de los enamorados, haya quedado al mando
como Oficial Operativo. Pero en fin, decía que vino Aurika, entró justo a la
hora del almuerzo y se fue directo hasta el almacén de armamentos, donde, como
bien era conocido por él, nuestro jefe de compañía solía echarse después del
rancho a pudrir la digestión. No creo que le haya costado un esfuerzo
extraordinario poner bajo su control al recluta que estaba de posta, pues,
según se supo después, traía una pistola desde la calle. Así que desarmó al de
la posta, le quitó las llaves, pasó al interior del almacén, y allí estuvo,
aguardando tranquilamente la llegada de El Nazi para cogerlo in fraganti y descargarle
en las tripas el peine completo de su pistola. No podría afirmar que antes de
matarlo le repitió aquella frase justiciera: Usted es un abusador, teniente. Es
imposible saberlo, porque Aurika obligó al recluta de la posta (único testigo)
a que se retirara y los dejara solos. En una película se lo habría dicho, estoy
seguro. Y me gusta la idea. En verdad representa un cierre de oro para
Hollywood. Lo que sí no me gustó en modo alguno es que estas cosas vinieran a
suceder exactamente en el momento en que sólo había cuatro gatos en el
campamento, y yo entre ellos, de guardia, para mayor calamidad. Ello me
obligaba a ocupar un sitio ineludible en la línea de combate que dispuso el
segundo oficial al mando para avanzar en abanico sobre el almacén de armamentos,
rodearlo y abrir fuego antes de que Aurika lograra hacer uso de sus numerosas
reservas de explosivos. Deducíamos que no se iba a entregar de mansa paloma.
Era una estupidez. Lo menos que podían hacerle para cobrar la muerte de un
oficial como El Nazi era conducirlo al paredón de fusilamiento, o en el mejor
de los casos (que tal vez resultaría el peor) condenarlo a cadena perpetua.
Aurika también lo dedujo. Pero él es como es. Otro en su situación se hubiese
metido un tiro entre ceja y ceja por considerarse perdido. Sin embargo, él nos
estaba anunciando desde su estratégica altura en el almacén que lucharía hasta
el fin. Esta frase suya también me sugirió un buen The End. Pero no estábamos
en una película, mucho menos en Hollywood. Se trataba de la mera supervivencia.
Era la vida. Y era la vida por la vida. La de Aurika o la nuestra.