Del libro de relatos
HOMBRE RECOSTADO A UNA VICTROLA
LOS ESCITAS DE LA
FRATERNIDAD
Jenny se apareció
un día con unos escritos que alguien le había bajado de Internet. Trataban
sobre los guerreros arrancadores de cabelleras. Fue así como nos enteramos de
que los primeros en frecuentar esta práctica no habían sido esos indios
pintarrajeados y con caras de malos que salen en las películas, sino los
escitas, gente muy antigua, que vivieron en algún lejano paraje de Ucrania o
qué sé yo dónde. Se contaba en los escritos que tales individuos, los escitas,
les arrancaban la cabellera a sus adversarios para hacerse ropas.
Verdaderamente nos gustó la historia. Y fue por lo que Jenny, Rafa y yo
decidimos ponerle a nuestro grupo el nombre de Los Escitas de La Fraternidad.
Aunque no fue lo que nos condujo a arrancar cabelleras. Eso ya lo estábamos
haciendo desde antes de que Jenny se apareciera con aquellos escritos.
Claro que nosotros
no queríamos las cabelleras para hacernos ropa, sino para vendérselas al Yuma,
quien a su vez las quería –o eso nos explicó- para una fábrica clandestina creo
que de muñecas o de pelucas que decía tener en algún lugar de la ciudad.
Lo que sí
aprendimos mediante los escritos que trajo Jenny, o aún más que en los
escritos, en las fotografías que los ilustraban, fue que una cosa es tasajearle
el pelo a la gente y otra distinta y superior es cortarle el cuero cabelludo.
Venía allí una foto de un tipo nombrado Robert McGee, al cual un indio sioux le
había cortado el cuero cabelludo sin ocasionarle daños mayores. Aquello era
hacer arte, en tanto lo nuestro era un trabajo. Nosotros nos pusimos a estudiar
los cortes dados por el sioux con la aspiración de dominar su arte para mejorar
nuestro trabajo. Pero no era fácil. Además, el sioux debe haber hecho lo suyo a
plena luz del día y con mucho tiempo a su favor. Nosotros no disponíamos de
tiempo ni de luz. Había que neutralizar al objetivo con el fin de impedir que
gritase para pedir auxilio. Sin matarlo, porque no somos criminales. Y había
que cortarle el pelo a tiento, en el rincón más oscuro del Parque de La
Fraternidad, con una navaja como la de Rafa, que de tan mellada se parece a la
que descuartizó al diablo y lo dejó vivo; o con unas tijeras de jardinería como
las que usaba Jenny, que asustan más de lo que pelan. Pero por lo demás no era
una tarea demasiado complicada. Ni tampoco nos robaba mucho rato. Lo peor es
que no podíamos empezar hasta pasadas la una o las dos de la madrugada, porque
es justo a partir de esas horas cuando el Parque de la Fraternidad se queda tan
desolado como dicen que es Marte. Entonces merodeábamos por los alrededores: en
el Barrio Chino, en las cercanías de la Fuente de la India y del Capitolio, o
por los bares y en los portales de los hoteles, a la caza del objetivo,
preferiblemente hembras jóvenes, para las cuales el Rafa posee un poder de
seducción muy especial. A veces también nos caía algún varón con pelo largo,
pero de ellos se ocupaba Jenny, excepto si el varón era gay, que es cuando me
tocaba actuar a mí. El resto era coser y cortar. Uno conducía el objetivo hasta
el sitio acordado, donde ya estábamos esperándolo los otros dos. Y allí lo embobecíamos,
plantándole sobre la nariz y la boca el pañuelo empapado con ese líquido
incoloro y frío que nos trajo el Yuma. Jenny prefería hacerlo detrás del busto
de José Rizal. A Rafa, en cambio, le cuadraba mejor arrinconarlos contra la
verja que rodea esa ceiba a la que llaman el Árbol de la Fraternidad Americana.
Cuestión de gustos. Porque los dos sitios son seguros. Y oscuros como el culo
de King Kong. La gente evita pasar por allí a esas horas. Ni la policía. Aunque
también es verdad que el Yuma tenía el negocio bien amarrado con la policía –o
eso nos dijo siempre-, de manera que mientras no matáramos al objetivo, no
íbamos a tener problemas con el carro patrullero. En eso consistía el trabajo,
esencialmente. Y por él cobrábamos a razón de trescientos pesos por cada
cabellera. No era mucho, pero nos servía para ir tirando, sobre todo porque era
un trabajo fijo. Y en raras ocasiones pasaba la noche sin que nos cayera por lo
menos un caso.
Pero ya está visto
que la felicidad suele durar poco en casa del pobre. Cuando menos lo
esperábamos, vino este asunto de la venezolana y lo echó todo a perder. Ahora,
¿quién convence al fiscal de que no fuimos nosotros los que la violamos antes o
después de asesinarla? Y aún más, ¿qué mínima credibilidad nos asiste para
persuadir al abogado defensor en el sentido de que sólo le arrancamos la
caballera, pero ni siquiera la tocamos en sus partes púdicas, y menos aún la
degollamos, Dios nos libre, porque no somos criminales?
B
Daniela, alias
Dayana, había reservado esa noche un tiempo extra para recrearse en el
alisamiento de su larga cabellera negra. Es algo que la remitía a la niñez. De
modo que la oportunidad fue propicia. Además, le servía para un íntimo tributo
de recordación a su madre, cuyo método para combatir el nerviosismo era
sentarse a peinarla frente al espejo. Si Daniela no quiso nunca cortarse el
cabello fue por eso. Siempre que se sentía nerviosa, extrañaba a su madre,
entonces lo remediaba alisándose el pelo delante del espejo. Y era como volver
a la niñez. Se veía muy pequeñita y con la melena cayéndole hasta el nivel de
la cintura, sentada sobre el regazo de su madre, quien le pasaba el peine,
suave, cuidadosa, parsimoniosamente, mientras charlaba con ella y consigo misma
a través de las imágenes que devolvía la gran luna que era a la vez puerta del
escaparate.
Justo así se estaba
viendo Daniela esa noche. Y lo hacía por última vez en su vida. Aunque no lo
supiera.
Algo más de cinco
años habían transcurrido desde el atardecer en que, luego de sepultar a su
madre en el Cementerio Israelita de la capital costarricense, experimentó por
vez primera la sensación de quiebra y de asoladora angustia que aún le
acompañaba, particularmente en vísperas de adentrarse en cualquier proyecto de
regular significado para ella.
Apenas unos ocho
meses antes de que muriera su madre, ambas habían acompañado a su padre hasta
el mismo cementerio para darle el último adiós. “El sufrimiento lo mató”, iba a
sentenciar la madre a la salida, terminada la ceremonia de inhumación. Y no
sospechaba entonces que con aquella frase para resumir la existencia de su
esposo, estaba resumiendo también la suya propia. Él murió de un infarto
masivo, después de haber resistido, en muy breve intervalo de tiempo, dos
ataques menores al corazón. A ella se le disparó un cáncer de mamas que en el
transcurso de unas pocas semanas fue diagnosticado metastásico.
La debacle habría
comenzado a perfilarse cuando el padre de Daniela se vio impelido a cerrar el
negocio de venta de muebles y otros enseres del hogar que poseía en Caracas,
para abandonar definitivamente esta ciudad, donde nació y había vivido siempre.
Los socialistas del siglo XXI -solía comentar puertas adentro-, no sólo los
despreciaban a él y a su familia por ser descendientes de Abraham, sino que
parecían dispuestos a empujarlos a la ruina económica. El colmo, decía, era
tener que soportar cruzado de brazos que esas hordas exteriorizaran impunemente
su odio antisemita escribiendo frases ofensivas en las fachadas de las
sinagogas: “Salgan los judíos de Venezuela”, “Mueran los hijos de Israel”…
Se fueron a vivir a
la capital de Costa Rica, donde el sufrimiento mató a los padres de Daniela. En
tanto, ella comenzaba a moldearse, desde su adolescencia, en la voluntad de
venganza. Durante un tiempo fue atendida por la Sociedad Femenina Israelita
Pro-Beneficencia, con sede en San José. Hasta que en el año 2006, el Hanoar
Hatzioní, de esa misma ciudad, le concedió una beca para estudiar en Israel. El
resto correría por la cuenta del Mossad.
Esta noche,
convertida ya desde hace un tiempo en la agente Dayana Fonseca, bajo el embozo
de furibunda chavista, se atilda para pasar lo más alegremente que pueda sus
últimas horas en La Habana, escala final de un periplo que antes la condujo a
Colombia, Costa Rica, Ecuador, Bolivia y México, además de llevarla varias
veces a su ciudad natal, Caracas. Se considera lista y resuelta para cumplir su
misión, infiltrada entre las huestes populares del presidente de Venezuela.
Únicamente le queda esperar por la orden de partida. Así que no sólo puede
gastarse el lujo de perder dos horas alisándose la cabellera ante el espejo,
sino que además ha resuelto tomarse toda la noche libre, en compañía quizá de
un buen gozador habanero. Alguien que sin saber que fue escogido para marcar un
punto culminante en el destino de Daniela, la está esperando ya, justo a la
entrada del boulevard del Barrio Chino, sentado en la terraza del restaurante
“Fénix Dorado”.
C
Los Escitas de la
Fraternidad no somos criminales. Ninguno de los tres, Rafa incluido, con todo y
que me digan que fue con su navaja con la que degollaron a la venezolana. Es
cierto que Rafa fue quien nos la trajo hasta el rincón del parque, luego de
haberla conocido en un restaurante del Barrio Chino. Pero él ni siquiera se
encargó de cortarle la cabellera.
Lástima que yo no
haya conseguido hablar con Rafa, porque lo tienen incomunicado, pero hasta
donde sé, aquella noche él no llevaba encima su navaja, por eso no pudo
ayudarnos a pelar a la venezolana. Tengo entendido que le había entregado la
navaja al Yuma, creo que para que se la afilara. Lástima también que ahora el
Yuma no aparezca por ninguna parte. Se lo tragó la tierra. Al punto que el
investigador ha tenido la frescura de decirnos que es un invento nuestro, que
nunca existió el tal Yuma, porque, de existir, la policía hubiese dado ya con
él. Lo que sí apareció, o es lo que dicen ellos, fue la navaja de Rafa,
precisamente en el lugar del crimen y con toda la traza de haber sido el arma
homicida.
Es que estamos de
mala, conclusos para sentencia, siendo, como somos, inocentes. Pero juro por lo
más sagrado que lo único que hicimos fue pelarla al calvo. Eso no lo hemos
negado, ni siquiera antes de que nos ocuparan la cabellera. La pelamos y allí
se quedó, junto a la verja que rodea la ceiba, con su cuello intacto, y
acostadita a la larga como una criatura, adormecida apenas por el efecto del
líquido con que empapamos el pañuelo.
Lástima que el Yuma
no sea de nuestra zona. Y que ninguno de los tres conozcamos con exactitud la
dirección donde vivía. Siempre nos dijo que era del barrio de Cayo Hueso. Pero
el investigador afirma que ya no les queda ni una sola casa donde buscarlo en
ese barrio. Pues que sigan buscándolo, que por algún recoveco tiene que
aparecer. A no ser que en efecto el Yuma sea un invento, pero no precisamente
nuestro. Que lo busquen, es lo que me queda por decir. ¿Acaso no nos
encontraron a nosotros en un pestañazo? Muy directamente que vinieron a
detenernos, sin el menor titubeo. Y eso que somos tres, y que nadie, según
ellos, les dijo dónde vivíamos, ni cuáles eran nuestros nombres, ni qué pinta
teníamos.