Fragmento de novela
LAS MARIPOSAS NO ALETEAN
LOS SÁBADOS
Algún ente maligno,
una fuerza, una corriente cósmica quizá, se dedica a ordenar secretamente, sin
que se lo pidamos, el caos de nuestras vidas. Pero a Lázaro Confitura no le van
ni le vienen los misterios del éter. Se limpia con la posibilidad de que un
ciclón caribeño pueda ser provocado por el batir de las alas de una mariposa en
Bombay. Además, hoy es sábado, le corresponde feriado a las ideas de sustancia.
Así que menos aún debe importarle a quién pertenezca la mano de hierro que
mueve el hilo de sus pasos por estos pedregales. Dormir la mañana, he aquí todo
cuanto le interesa, de momento. Usabiaga, en cambio, se tiró de la cama a las
seis. Qué más da que sea sábado. El negocio obliga y dormir demasiado es un
lujo que jamás estuvo al alcance de sus manos. El jade y los hombres se labran
con herramientas ásperas. Lázaro ha ido a vaciar la vejiga para echar el resto
sin estorbos. Usabiaga sube a su oficina de la calle ochenta y cuatro, en
Miramar. Lázaro da vueltas sobre el colchón pegajoso antes de volver a quedarse
dormido. Usabiaga bebe café amargo, recién colado por la sirvienta. Lázaro
suda. Usabiaga chequea los contratos. Lázaro se hunde, parsimoniosamente,
náufrago entre el sopor de agosto y las paletas derretidas de su ventilador de
antes del diluvio. Usabiaga se siente a gusto porque los sábados trabaja solo,
es el día libre de Cristina, secretaria y cómplice en todo desde hace más de
veinte años pero también su esposa. Lázaro se enrosca, masculla: carajo, qué
rico es dormir. Usabiaga se reúne para puntualizar detalles con su partner del
Ministerio de la Industria Sideromecánica. Lázaro, con los ojos cerrados y a
las puertas del séptimo sueño, ve dos alas enormes, amarillas, que baten
silenciosamente en medio de una quietud de mausoleo chino: "Butterfly, oh
butterfly...", tararea, arrastrando la cadencia final, mientras siente que
él también es arrastrado.
A las catorce horas
Usabiaga despachó ya el grueso de la faena. Hace un alto para la indispensable
copita de ron. Intercambia un par de fax con sus agentes en Bilbao. Y antes de
bajar a comer, repasa en la agenda las tareas del lunes. Entonces se da cuenta
de que estamos a mediados de agosto. Rehostia, Mari Jaia, es su fecha, exclama
entre dientes con un mohín blando que le alisa el ceño. Si alguien consiguiera
acercársele tanto como para leer en el reflejo de sus pupilas, tal vez
descubriría la presencia de una cierta imagen de mujer, acogedora, sonriente,
en plan de fiesta, con los brazos en alto y la alegría perpetuada en un rostro
perfecto, de cartón piedra. Si fuera posible penetrar los más íntimos
pensamientos de Usabiaga, tal vez se sabría que nunca faltó a una cita con
ella, desde niño y hasta el mismo día en que tuvo que partir, hace un cuarto de
siglo. Se sabría que siempre fue por ella y la encontró, allí, en el Paseo del
Arenal. Y sucede que ahora la recuerda de pronto, desde la juventud de la
vejez. Aunque muy fugazmente, pues Cristina lo está llamando por teléfono para
saber cómo le va y para comentarle de paso que no la hallará en casa cuando
vuelva, ya que su amiga Elena la invitó a La Maison para ver un desfile de
modas.
A Lázaro también lo
saca de lo suyo una llamada de Cristina. A la misma hora, minutos más minutos
menos, pasadas las dos de la tarde. Estaba soñando que lo acribillaban a
balazos: una, dos, tres, cuatro, cinco descargas a boca de jarro, pero no
sentía dolor, sólo el tronar de los disparos. Y era que su vecino y casi amigo
Jaime El Tumba le tumbaba la puerta para anunciarle que tenía llamada en el
teléfono colectivo de la cuartería. Cristina fue escueta: ya reservé en el
hotel que nos gusta -le dijo-, aquel de la autopista, la misma habitación; te
recojo donde siempre, a las quince horas; y a ver si no me la chupas con tu
impuntualidad, ¿vale? Él le desgrana una sonrisa ronca, añade, a manera de
adiós: está bien, mamita, pero sin agitaciones, mira que te me arrugas.
Después, cuelga, descuelga, marca un número, deja pasar unos segundos, y suelta
aquella frase sin esperar respuesta: Las mariposas no aletean los sábados.
Apenas Usabiaga ha
vuelto a su buró, la sirvienta le pide permiso para una confidencia. Hay algo
importante, delicado, grave que debe comunicarle. Lo ha tenido cerca durante la
comida, todo el tiempo. Usabiaga no se explica por qué no se lo comunicó antes.
Pero en fin, esta gente suele ser así, impredecible. Temblando de los pies al
pelo, la sirvienta informa. Alguien, un desconocido, vino a la hora del postre,
no quiso entrar, sólo que le pasaran un mensaje y que le entregaran ésto.
Usabiaga toma el sobre blanco, pequeño, tenuemente abultado en el centro, y se
queda mirando a la sirvienta, que no sabe qué hacer, dónde ocultar las manos
trémulas, cómo cerrar la boca para volver a abrirla. Sólo ante las exigencias
de Usabiaga, a punto ya del exabrupto, consigue sacarse la espina. Según aquel
desconocido, Cristina, su mujer, le está pegando los... Bueno, no le es fiel,
quiso decir. Sugiere el desconocido que esta misma tarde, si se le ofrece,
puede comprobarlo con sus ojos, bastará con que se dé una vuelta por el hotel
Mariposa, en la autopista, habitación dos veinticinco, y dice que ahí, en el
sobre, tiene lo que falta.
Como ha venido
haciendo desde hace casi un año, Lázaro Confitura se bajó del automóvil de
Cristina unos cien metros antes de que llegaran al hotel. Ahora fingirá que
camina hacia el centro hospitalario que le queda a un lado, así puede dar la
vuelta y filtrarse sin llamar la atención por la puerta del fondo, la que da
acceso a la piscina. Por su lado, Usabiaga, aún bajo los efectos del primer
batacazo, busca en la gaveta donde siempre guarda la pistola, en vano, no está;
se siente alterado y algo memo, pero juraría que la última vez la puso en este
sitio. Lázaro anda suave, paso a pasito, los pies le pesan toneladas, es
cansancio, la noche de anoche fue tremenda, pero además no hay ningún apuro.
Usabiaga desciende de dos en dos los escalones, al diablo la pistola, tiene
otra en su coche. Lázaro no se queja de la vida, los asuntos marchan viento en
popa con esa nueva gallega, o catalana, o vasca, o lo que sea, la doctora
Ybarra Berge, que es como gusta ser llamada; total, el nombre no hace más santo
al santo, lo importante es que cada vez que viene de visita a la Isla lo forra
en billetes. Usabiaga arranca, sale como una flecha, pero enseguida frena en
seco, había olvidado revisar el contenido del sobre. Lázaro se pavonea, ya está
en áreas de la piscina. Usabiaga baja por Quinta Avenida pisando el acelerador
hasta el tope, ignora la luz roja en el semáforo de la rotonda de la playa. A
Lázaro se le cae la baba ante las jovencitas en bikinis del tipo hilos
dentales, observa cómo van a exhibirse del brazo de aquellas momias extranjeras
con pellejo lechoso que bien podrían ser sus padres, sus abuelos: alabado sea
Cristo, pero qué desperdicio, farfulla, y con la misma parte rumbo a los
deberes.
Cuando Usabiaga
parquea el volkswagen azul descapotable del año (el dos mil), frente al hotel
Mariposa, son las dieciséis horas. Las cuatro pasado meridiano, justo el
momento en que Lázaro responde al teléfono en la habitación número dos
veinticinco. Cristina lo interroga con una mirada y él explica que han llamado
de Servicio a las Habitaciones para confirmar un pedido que hizo en la carpeta,
al llegar.
Usabiaga da la
orden a la ascensorista. Lázaro va al baño. A Usabiaga le traquetean los
dientes. Lázaro silba por lo bajito. Usabiaga avanza por el pasillo en
penumbras. Lázaro orina, se la sacude, abrocha la portañuela. Usabiaga viene
chequeando los números de las puertas. Lázaro se ha puesto los guantes, se mira
ante el espejo, piensa en el negativo de una foto de Clint Eastwood, pero con
cincuenta años menos. Usabiaga rumia: dos veintiuno, dos veintidós, dos
veintitrés... Lázaro carga la pistola que le hizo llegar la sirvienta de
Usabiaga, chequea el acople del silenciador. Usabiaga se ha detenido. Lázaro
aguarda. Usabiaga extrae del sobre la copia de la llave, intenta sacar filo a
su rabia. Lázaro sale del baño con la pistola en la mano, le encaja una bala a
Cristina entre ceja y ceja, otra en la nuca; luego gira sobre sus talones y va
a situarse detrás de la puerta. Segundos más segundos menos el pulso trepidante
de Usabiaga cosquillea la cerradura.
A las diez de la
noche de este mismo sábado, la doctora Ybarra Berge se encontrará con Lázaro en
la Terminal Uno del Aeropuerto Internacional José Martí. Dos besos, uno en cada
mejilla. Luego le entrega la suma prometida. Y tal vez le pregunte: ¿sabes
quién era realmente Usabiaga?. Lázaro responde, sé que su mujer se movía bonito
en la cama, a pesar de doblarme la edad. Como de costumbre, ella le va a reír
la gracia, aunque desde su altura. Ybarra Berge cree saberlo todo acerca de
Usabiaga y de Lázaro, no por gusto contrató a éste para saldar una vieja cuenta
con aquél. Usabiaga también creyó saberlo todo sobre la manera de matar sin
morir. Y la prensa extranjera creerá saber la causa por la cual este exitoso
empresario que disponía de todos los privilegios en La Habana, escogió un hotel
tres estrellas para suicidarse luego de asesinar a su esposa. La policía sabrá
lo que debe callar, ni más ni menos, o sea, que los occisos eran un conocido
cabecilla etarra y su esposa, ocultos en Cuba bajo identidad falsa desde 1978.
Los oficiales encargados del caso en el Departamento de Seguridad del Estado
sabrán que la hija de un adinerado vizcaíno, muerto por atentado que organizó
Usabiaga en los setenta, ha conseguido escapar una vez consumada su venganza.
Pero el alto mando sabe que era conveniente permitir que escapara. Y el
Ministro del Interior sabe lo que sabe, aunque no sepa por qué. En tanto,
Lázaro Confitura únicamente sabe que es mejor no saber. Al fin y al cabo, en
estos pedregales del diablo nada ha sido nunca lo que parece ser, ninguno sabe
lo que sabe, ni sabe qué sabe verdaderamente el que sabe, nadie es nada ante
aquello que todo lo es.